Atardecer


Sentado sobre la arena de la playa contemplo el atardecer. Siento el frescor del océano frente a mí; sus olas rompen suavemente contra la orilla, en un vaivén incesante de blanca espuma. El clamor de las aguas es periódico, ininterrumpido, como si se tratara de una profunda respiración, el hálito de ese inmenso Atlántico que hoy tengo frente a mí, como un pequeño reflejo de la Gran Respiración Cósmica, como una muestra diminuta de ese Gran Aliento que todo lo inunda y que puedo sentir en cada átomo que me rodea. Todo está impregnado de un imponente silencio, apenas roto por el batir de las aguas contra un roquedal a mi izquierda, efímero acantilado que sueña ser rompeolas. A mi derecha puedo contemplar la estilizada silueta del Cabo Roche, adentrándose como una lengua en el mar, y en cuyo extremo se yergue la forma clara del faro. Y a la izquierda del extremo del cabo, algo erguido sobre el horizonte, en el occidente del orbe, veo la forma majestuosa del sol, como un disco anaranjado-rojizo que, ya en las postreras horas de la tarde, principia a hundirse tras la línea del mundo.


El juego de luces y colores es indescriptible: sobre el mar, y a ambos lados del disco solar, franjas violetas corren hasta fundirse en la oscuridad que rodea al oriente; sobre ellas, nubes multicolores delimitan zonas de un intenso azul, otras celestes, otras verdosas, aquéllas rojizas, esas otras reflejando destellos blancos refulgentes, y todo bañado, cielo y tierra, playa y océano, por un tono intensamente dorado. Los reflejos del sol destellan sobre las olas cuando éstas se aproximan al litoral y se abre un camino de oro que, sobre las aguas, corre desde la orilla hasta el lugar del horizonte por donde se hunde el astro rey.

A medida que el sol huye y el atardecer va tornándose en crepúsculo, los tonos de los colores van atenuándose y mutando en rojizos, violáceos y anaranjados, y la bóveda celeste, teñida de azul oscuro, va abriéndose hasta convertirse en una negra campana salpicada de estrellas, a medida que muere la tarde y se revela la noche naciente. La brisa, fresca y limpia, rompe contra mi cara, y me siento maravillado y asombrado ante este magno espectáculo. No hay palabras que puedan transmitir la formidable metamorfosis que hoy contemplo. El lenguaje, pálido y huyente, apenas puede mostrar un solo segundo de este panorama inolvidable. Y, ante él, doy gracias a la Naturaleza por tan especial regalo, y me siento unido a toda la Creación y al Creador de este escenario de maravillas, y sé que esto es serenidad.

©2020 by Luis Pizarro