Breves notas sobre la toma de decisiones y el discernimiento ignaciano


Esta entrada alude en forma muy sucinta a la toma de decisiones desde el punto de vista de la espiritualidad ignaciana. San Ignacio de Loyola delineó en su libro de ejercicios espirituales una estrategia completa para aprender a decidir con sabiduría. Es lo que se conoce como discernimiento ignaciano, que no es sino una forma específica de lo que la tradición cristiana ha denominado, desde la época neotestamentaria, discernimiento de espíritus.


El contenido que aquí presento consta solo de pinceladas sueltas. El cuadro completo puede encontrarse en algunos trabajos monográficos de valor extraordinario, en particular en los textos de Timothy Gallagher (v. su sitio web frtimothygallagher.org). Los libros de este autor estadounidense detallan en forma muy didáctica y amena el camino a seguir en cualquier situación que requiera la toma de una decisión. El jesuita norteamericano James Martin ofrece también un material valioso y agradable de leer en su libro Más en las obras que en las palabras (v. este enlace).


Si bien el panorama sobre los métodos para tomar decisiones es muy amplio, lo poco que aquí escribo constituye el núcleo fundamental de cómo enfrento en mi vida cotidiana la elección de la alternativa más adecuada en la toma de una decisión.


Los campos en los que se pueden aplicar las herramientas de toma de decisiones que nos ofrece San Ignacio sobrepasan ampliamente la espiritualidad, como es fácil de imaginar. Aunque San Ignacio escriba en el contexto de sus ejercicios espirituales y utilice un lenguaje por completo incrustado en la terminología católica, sus procedimientos son de valor incalculable en todas las áreas de la vida.


La toma de decisiones es un ingrediente central de nuestra existencia. Necesitamos decidir qué rumbo tomar cuando llegamos a un punto de bifurcación que ofrece varias opciones entre las que elegir.




Vamos a distinguir dos tiempos: antes y después de tomar una decisión.


Antes de tomar una decisión.


En forma muy breve y resumida podemos diferenciar dos etapas a seguir cuando nos enfrentamos a la toma de una decisión:


El primer paso es la indiferencia.


En este contexto, indiferencia significa la apertura a todas las opciones antes de tomar la decisión. No nos predisponemos por una opción o por otra. Indiferencia implica libertad interior. Libertad ante los demás y ante nosotros mismos, porque ni nos dejamos influir por los otros ni dejamos que nuestra mente inconsciente se predisponga a favor de alguna de las opciones que debemos ponderar.


Un ejercicio de sana indiferencia hacia todo nos permite tener el desapego suficiente para ver con claridad e imparcialidad las diferentes opciones que se presentan ante nuestros ojos.


El segundo paso es la clara distinción entre consolación y desolación.


Los elementos centrales en el discernimiento ignaciano son los sentimientos de consolación y desolación.


Ignacio llama consolación a toda sensación de paz, de tranquilidad, de alegría, de presencia de Dios, etc., y llama desolación a todo sentimiento de desesperanza, de agitación, de inquietud, de tristeza, etc.


¿Qué relevancia tienen estos afectos en el proceso de toma de decisiones?


Imaginemos que tenemos que decidir entre dos opciones. Sopesamos una de ellas y percibimos en nuestro interior signos de:

  • Consolación. Estos sentimientos de paz, de alegría, de tranquilidad nos indican que nos estamos acercando a la decisión correcta.

  • Desolación. Estos sentimientos de inquietud, de agitación, de intranquilidad nos indican que nos estamos alejando de la decisión correcta


Ante varias alternativas debemos discernir cuál de ellas nos produce mayor consolación, mayor paz, pues este buen sentimiento nos está indicando el curso a seguir. Es por lo tanto importante aprender a percibir qué se mueve dentro de nosotros, qué sensaciones habitan en nuestro interior, cuando imaginamos que ya hemos tomado la decisión y la estamos recreando en nuestra mente.


Después de tomar una decisión.


Ignacio utiliza la metáfora del efecto que produce la caída de una gota de agua sobre una piedra o sobre una esponja para expresar qué quieren transmitirnos nuestras sensaciones ante una elección que ya hayamos tomado. En su lenguaje aparecen el buen espíritu y el mal espíritu, es decir, esas fuerzas antagónicas que representan, respectivamente, lo mejor y lo peor de nuestro ser. El buen espíritu es la Luz de nuestro interior, lo más sublime que nos habita, la presencia de Dios en nuestra alma. El mal espíritu es nuestro egoísmo y nuestra capacidad de dañar a los demás, lo peor que nos habita, las tinieblas interiores.


Cuando tratamos de seguir el buen camino, es decir, cuando procuramos hacer el bien y llevar una vida significativa (probablemente es lo que la mayoría intentamos hacer):

  • Las malas decisiones actúan como la caída de una gota de agua sobre una piedra: el golpe es duro, estrepitoso, alarmante. El buen espíritu, a través de la desesperanza, la tristeza, la intranquilidad, nos está indicando que no estamos actuando bien.

  • Las buenas decisiones actúan como la caída de una gota de agua sobre una esponja: el golpe es suave, calmante, alentador. El buen espíritu, a través de la alegría, la paz, la tranquilidad, nos está indicando en este caso que estamos actuando bien.


Por el contrario, cuando seguimos el mal camino, es decir, cuando nuestra actitud es egoísta y nuestra vida carece de valores significativos (probablemente es lo que la mayoría tratamos de evitar):

  • Las malas decisiones actúan como la caída de una gota de agua sobre una esponja: el golpe es suave, calmante, alentador. El mal espíritu nos está alentando a seguir de mal en peor.

  • Las buenas decisiones actúan como la caída de una gota de agua sobre una piedra: el golpe es duro, estrepitoso, alarmante. El mal espíritu está tratando de llamarnos la atención para atraernos a su esfera.


En el primer caso, es decir, cuando estamos bien encaminados y nuestra actitud es la correcta, hacemos uso de nuestras sensaciones para discernir si hemos tomado o no una buena decisión.


Sin embargo, en el segundo caso, cuando no estamos bien encaminados, nuestras sensaciones pueden constituir una ayuda invaluable para hacernos plenamente conscientes de nuestro mal rumbo. Es muy probable que ninguno deseemos seguir un mal camino, pero podemos fácilmente resbalar y precipitarnos al hoyo del egoísmo sin apenas darnos cuenta. En estas circunstancias de abandono interior todo lo que sentimos en nuestro corazón puede transformarse en una señal de alarma que nos permita despertar y salir de la oscuridad del egocentrismo.


Por ejemplo, si estamos viviendo en forma inconsciente sin prestar atención al curso de nuestra vida y estamos asumiendo comportamientos egoístas y negativos, el mal espíritu nos proporcionará sentimientos de tranquilidad cuando nos induzca a una mala acción. Si nos hacemos conscientes de que estos estados interiores camuflados de paz y sosiego acompañan conductas negativas, habremos encontrado un síntoma claro de que estamos siendo engañados y de que nuestra vida discurre por una senda alejada del bien.


Un consejo final de San Ignacio.


Por último, San Ignacio nos da un consejo valioso: En tiempo de desolación nunca hacer mudanza. Si nos sentimos mal por cualquier causa, debemos esperar a que pase esta mala época antes de tomar una decisión. No son momentos adecuados para elegir aquellos en los que nos sentimos tristes, desesperados, confusos, inquietos.



Conclusión.

Las ideas expresadas previamente son sencillas, pero efectivas. La confianza en nosotros mismos nos permite apoyarnos en nuestras propias intuiciones y sensaciones para valorar la bondad de las diferentes alternativas que se presentan en la toma de una decisión.


Cuando estamos en sintonía con nuestro ser más profundo (es decir, cuando dejamos que Dios hable a través de nosotros) nuestros sentimientos se convierten en indicadores que nos muestran la idoneidad del camino a seguir (o del que ya estamos de facto siguiendo).


La palabra discernimiento (el nombre que se da al conjunto de los diferentes procedimientos para tomar decisiones que San Ignacio delinea en sus ejercicios espirituales) es, pues, la clave. El discernimiento es la herramienta que nos va a permitir distinguir los comportamientos nobles de lo mezquinos, las actitudes altruistas de las egocéntricas.


El discernimiento nos permite hilar fino para saber qué nos quieren decir estas sensaciones que percibimos en nuestro interior, nacidas de la acción del buen o del mal espíritu. No se trata de ahogarnos en un mar de sentimientos confusos que no nos conducirían a nada, sino de arrojar luz en forma objetiva y fría sobre las sensaciones de fondo que cruzan con claridad por nuestro interior.


Nuestras sensaciones de paz o intranquilidad, de alegría o desasosiego, son señales nítidas que hemos de rastrear, separándolas del ruido, de la estática de los pensamientos o sentimientos que colocamos encima de ellas.