He Leadeth Me, por Walter Ciszek, SJ


Querido Walter Ciszek:


Leo tu libro con pasión y devoción. Fuiste uno de tantos santos anónimos, ésos que entregaron generosamente los años de su vida por amor a sus semejantes, es decir, por amor a su Señor. Tu historia me sobrecoge y me inspira. Me llena de gozo y de esperanza. Me humaniza y, al mismo tiempo, me acerca a Dios.


Tu libro lleva por título He Leadeth Me, que es, en Inglés, una forma arcaica de He Leads Me (Él me conduce). Esta frase concisa aparece en el versículo segundo del Salmo 23: "...he leadeth me beside the still waters" ("...junto a aguas de reposo me conduce"). Y es que en realidad fuiste conducido junto a aguas de reposo y por sendas de justicia, pero también por valles tenebrosos; aunque la bondad y el amor de nuestro Señor te siguieron todos los días de tu vida, y en la casa del Señor habitas ya para siempre...


En días oscuros he acudido a las páginas de tu libro. Tus palabras me han consolado y me han ofrecido esperanza. Te ruego que me permitas traducir y citar aquí algunos párrafos del capítulo tercero. Estos párrafos han sido para mí un faro. Me han iluminado y me han permitido situarme en una perspectiva que antes no había siquiera considerado. Siguiendo, de hecho, el espíritu de Ignacio, del que tú mismo eres hijo, diría que es Jesús quien me ha llevado a descubrir las páginas preciosas de tu libro.


Antes de citar tus palabras pongo muy brevemente al lector en antecedentes. Estamos en los inicios de la Segunda Guerra Mundial. Hay un momento en el que vives en unas condiciones terribles en un pueblo de Rusia al que has ido de incógnito para ofrecer ayuda como sacerdote. Tratas de discernir la voluntad de Dios, pues te sientes frustrado al creer que no estás haciendo lo que tú pensabas que era su voluntad, es decir, desarrollar tu misión y tu ministerio de asistencia a las personas que te rodean (el férreo régimen comunista prohibe todo tipo de proselitismo, de manera que no puedes declarar abiertamente tu condición de sacerdote). Te tienta la idea de salir de Rusia, pues te sientes inútil allí, y regresar a Polonia, donde crees que podrás desarrollar más fácilmente tu labor pastoral. Es entonces cuando tienes una revelación. Dices (usas el plural pues te refieres a otro sacerdote compañero y a ti mismo):


[La] voluntad [de Dios] para nosotros eran las veinticuatro horas de cada día: las personas, los lugares, las circunstancias que él ponía ante nosotros durante ese tiempo. [...] Estas cosas, las veinticuatro horas de este día, eran su voluntad; teníamos que aprender a reconocer su voluntad en la realidad de la situación y actuar en consecuencia. Teníamos que aprender a ver nuestras vidas diarias, todo lo que se cruzaba en nuestro camino cada día, con los ojos de Dios; aprendiendo a ver su aprecio por las cosas, los lugares, y, por encima de todo, las personas, reconociendo que él tenía una meta y un propósito al ponernos en contacto con estas cosas y estas personas, y esforzándonos siempre en hacer esa voluntad -- su voluntad -- cada hora de cada día en las situaciones en las que él nos había puesto.

Continúas:


La verdad pura y simple es que su voluntad es en realidad lo que nos envía cada día, en forma de circunstancias, lugares, personas y problemas. El truco está en aprender a ver éso -- no sólo en teoría, o no sólo ocasionalmente en un destello de intuición concedido por la gracia de Dios, sino cada día. No tenemos necesidad de darle muchas vueltas a cuál será la voluntad de Dios para nosotros; su voluntad para nosotros está claramente revelada en cada situación de cada día, si es que podemos aprender a ver todas las cosas como él las ve y nos las envía.

Y más aún:


La tentación es mirar más allá de estas cosas, precisamente porque son tan constantes, tan pequeñas, tan monótonas y rutinarias, y en su lugar buscar descubrir otra 'voluntad de Dios', más noble, en abstracto, que encaje mejor con nuestra noción de lo que debería ser su voluntad. [...] La respuesta es comprender que son estas cosas -- y estas cosas nada más, aquí y ahora, en este momento -- lo que constituye verdaderamente la voluntad de Dios. El desafío consiste en aprender a aceptar esta verdad y actuar en consecuencia, cada momento de cada día. El problema es que, como todas las grandes verdades, parece demasiado simple. Está ahí, delante de nuestras narices todo el tiempo, mientras miramos en otros lugares buscando respuestas más sutiles. Lleva el sello de todas las verdades divinas, la simplicidad, y sin embargo es precisamente porque parece tan simple que somos propensos a pasarla por alto o a ignorarla en nuestras vidas diarias.

Tus palabras me han ayudado a comprender que hay situaciones inevitables, sufrimientos de los que no podemos escapar, que nos invitan a zambullirnos en Dios, dejándole a él el control de la situación, mientras nosotros por nuestra parte hacemos todo lo mejor que está en nuestras manos.

©2020 by Luis Pizarro