La teología de la liberación


Ignoro muchas cosas de la Teología de la Liberación y desconozco los excesos que, con seguridad, ha cometido. Pero, a pesar de ellos, creo que existen buenas razones para valorar positivamente esta forma de teología que trata de analizar la realidad desde el lado del pobre y del oprimido.


En ocasiones se ha acusado a la Teología de la Liberación de entender la salvación sólo en clave de superación de la pobreza y la explotación. No sé si esta acusación es cierta, pero en cualquier caso quizás sería preferible entender la salvación de esta manera a entenderla de forma opuesta, es decir, como suele interpretarla, me temo, buena parte de los fieles cristianos (por supuesto no sólo católicos, sino evangélicos y ortodoxos también). Esta forma de pensar mayoritaria reduce la salvación cristiana a la obtención de un salvoconducto para la eternidad, que entraría en vigor después de la muerte. Así, el cristiano camina con "su" salvación debajo del brazo, como si fuera un plan de pensiones.


Esta concepción de la salvación como pasaporte individual al cielo se ve corroborada, así me lo parece, por la idea tan presente en las iglesias evangélicas de ver a Jesús como Señor y Salvador personal. La dimensión comunitaria parece haberse diluido y la praxis cristiana se reduce solamente a una relación particular del creyente con "su" Señor.


Creo que el cristianismo no puede en forma alguna quedar reducido a prácticas de piedad privadas. La salvación cristiana debe necesariamente implicar la restauración de la dignidad del ser humano, y esta dignidad sólo se puede recobrar cuando la pobreza, la injusticia y la opresión han sido superadas. La situación de miles de millones de seres humanos sufriendo hambre, opresión y marginalidad es diametralmente opuesta al reino que Jesús proclamó e inició en la tierra hace dos milenios.


Creo que los cristianos estamos llamados a una práctica que no debería nunca reducirse a la religiosidad individual, a la búsqueda egocéntrica de una relación exclusivamente personal con el creador, al estilo de los libros de autoayuda, que tanto enfatizan la centralidad del ego en la búsqueda de la llamada autorrealización.


En un mundo rebosante de injusticias, donde millones de niños son crucificados por el hambre, el ejercicio de una devoción personal basada en el cumplimiento de ritos y piedades viene a ser una máquina de lavar nuestras conciencias. Este puntual cumplimiento en el culto recibe el nihil obstat de la autoridad eclesiástica y nos permite mirar hacia otro lado cuando vemos ante nuestros ojos el sufrimiento de los otros.


Las terribles situaciones que vivieron las comunidades cristianas durante las grandes persecuciones de Nerón y Domiciano en el siglo I, por ejemplo, se repiten hoy, cuando nuestros hermanos (cristianos o no) de los países del tercer mundo son despojados de su dignidad por el hambre y las desigualdades (mientras nosotros disfrutamos en el primer mundo de una abundancia indecente). Si aquellas persecuciones fueron una embestida brutal contra seres inocentes, no lo son menos las que suceden hoy en forma de explotación e injusticia. Creo que la Iglesia del primer mundo debería mirar más al Jesús pobre y hacerlo el núcleo único de su mensaje de salvación. Esto implicaría un compromiso cabal en la búsqueda de la justicia y la igualdad.


No es casualidad que la Teología de la Liberación haya nacido en el seno del cristianismo y en Latinoamérica. No existen teologías de la liberación budistas o musulmanas, hasta donde yo sé. El mensaje de liberación de Jesús lleva en sus entrañas la preferencia por los pobres y los destituidos, y la instauración en la tierra de un reino de justicia y equidad.


En un mundo devastado por el sufrimiento, donde incontables seres humanos mueren de hambre o viven en condiciones infrahumanas, todos los elementos que dan forma a mi vida espiritual son un privilegio. Me pregunto con dolor y preocupación, ¿qué derecho tengo a disfrutarlos?


A continuación dejo un enlace a un artículo muy interesante de Benjamín Forcano relativo a la actualidad de la teología de la liberación.

Teología de la liberación: ayer maldita y perseguida, hoy bendita y elogiada


Al final del camino me dirán: —¿Has vivido? ¿Has amado? Y yo, sin decir nada, abriré el corazón lleno de nombres. Pedro Casaldáliga

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