México (sobran las palabras)



México.


No es necesario añadir palabra alguna.


El nombre del país azteca lo dice todo. Pero para aquellos que necesiten alguna aclaración ofreceré muy brevemente mi opinión del incomparable país norteamericano.


Si alguien me preguntara cuál, de entre todos los países que he visitado, ocupa el segundo lugar entre mis favoritos, no podría dar una respuesta fácil, pues hay muchos países y muchos lugares dentro de ellos que han causado una honda impresión dentro de mí. ¿Cuál es mi segundo país favorito? No sabría responder.


Pero si me preguntaran qué país es mi favorito, el primero entre todos ellos, cuál es la nación que más intensamente me ha deslumbrado y conmovido, no tendría ninguna duda en responder. Ese país único y que ocupa el primer lugar en mi corazón es México.


México es un país incomparable porque sus habitantes, los mexicanos, son seres humanos incomparables. No quiero pecar de exagerado, pero a veces creo que los mexicanos, con respecto a la educación y a la empatía, están en un peldaño superior de la escala evolutiva humana.


Soy consciente de los graves problemas que enfrenta México (los más sobresalientes, probablemente, el narcotráfico y la corrupción) pero, a pesar de ellos, el alma noble de la mayoría de esa gente buena se encuentra por encima de las miserias que unos pocos desalmados le hacen padecer.


México te atrapa. A diferencia de otros lugares, México está lleno de color, de luz, de música, de amabilidad. Los mexicanos carecen de ese toque de acritud o de cierta antipatía que en otros países lamentablemente abunda. Esa mala leche nacional tan frecuente aquí es allí desconocida.


México tiene ciudades preciosas y mi favorita, hasta hoy, sigue siento Zacatecas. Otras poblaciones, como San Miguel de Allende o Querétaro, le siguen muy de cerca.


Recuerdo una tarde en la que veía el atardecer sobre el Pacífico desde la terraza del café Zhi, situado en el malecón de Playas de Tijuana. A mi derecha divisaba a pocos centenares de metros, adentrándose en el mar, la valla fronteriza entre México y Estados Unidos. Y pensaba ¡cuántas restricciones dificultan que los mexicanos puedan atravesar libremente esa línea vergonzosa! Me sentía tan integrado en aquel lugar, tan a gusto en ese ambiente tan familiar para mí, que venía a mi mente todo lo que los gringos (como dicen allí) desde el otro lado de la valla se estaban perdiendo.